Como cada domingo y tras un
reparador desayuno me dispongo a mi
tiempo de deporte, porque si, y aunque no os lo creaís yo también hago deporte.
Y ha sido durante ese tiempo
cuando me han venido toda una serie de ideas y de recuerdos que si los
enlazamos podían ser los recuerdos de toda una vida dedicada a la docencia; y
claro todo empieza cuando tras terminar
de prepararme para esta profesión me encuentro con un aula llena de niños y
niñas.
Imagino que para todo el que empieza en esto
los primeros años son siempre igual, las
mismas ideas que te han dicho en la
facultad sobre como colocar al alumnado en el aula para que todo sea más eficaz
y por supuesto, según la teoría…….. Pues bien una de estas teorías te dice que
lo mejor es colocar a los alumnos y alumnas formando pequeños grupos para que
entre ellos se ayuden y la sociabilidad sea el campo de batalla sobre la que
trabajar. Claro, llega el maestro o maestra de turno y coloca a esos pequeños
locos de esa forma tan especial que le
han dicho y ¡vualá! por arte de magia todo es felicidad en el aula, claro
felicidad entendida como que guay se está hablando sin parar y escuchando al
maestro ¡fulano guarda un poquito de silencio, por favor! una vez, dos veces ,
tres veces y así hasta que la voz empieza a escucharse cada vez menos pero no
por el silencio de los discentes sino porque la voz del maestro se ha ido
apagando poco a poco hasta llegar a ser casi imperceptible por el esfuerzo.
Claro, cuando uno lleva ya más de
veinte años de trabajo con niños y niñas no hace falta experimentos. Ya lo dijo
un recordado político, ”los experimentos con gaseosa” y que no vengan con ideas
nuevas cuando “todo” está ya inventado en la educación.
No obstante no pretendo que esto sea más que una
chalaura que se le ha ocurrido a un maestro mientras trataba de hacer deporte.
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